¿Cómo una roca espacial se convierte en meteorito?

Allá a fuera, en el espacio interplanetario existen millones de rocas espaciales que orbitan al Sol, los llamamos asteroides. Los más grandes, afortunadamente son pocos, los conocemos muy bien y tienen órbitas que no implican un problema para nosotros. Pero los asteroides más pequeños, digamos de dos metros de diámetro o menos, son millones, frecuentemente llegan a la Tierra y muchas veces los vemos cruzar la atmósfera en forma de bólido o bolas de fuego.

Seguramente han visto muchos videos donde una de estas rocas espaciales se incendia espectacularmente. Pero más allá de lo inolvidable que resultan, entender la física detrás de estos meteoros y de cómo se convierten en meteoritos, es fundamental para los programas de Defensa Planetaria que nos alertan de un posible impacto.

Es frecuente pensar que estos objetos simplemente se evaporan debido al inmenso calor generado durante su colisión atmosférica, pero una investigación reciente demuestra que fenómenos como la fundición y la fragmentación son los verdaderos mecanismos que controlan la pérdida de masa durante la entrada del bólido. Y de esta investigación quiero platicarles hoy.

Imagen dividida mostrando un meteoro brillando en el cielo, con un fondo naranja a la izquierda y un fondo oscuro a la derecha, incluyendo árboles y una grúa en la parte inferior izquierda.
Bólido 2023 CX1

Resulta que un equipo de científicos, encabezados por Peter Jenniskens del Instituto SETI y el Centro de Investigación Ames de la NASA, analizaron 75 caídas de meteoritos, documentadas mediante redes globales de cámaras terrestres y satélites. Al estudiar la dinámica y las curvas de luz de estos cuerpos, con velocidades de ingreso de unos 15 kilómetros por segundo, descubrieron que los meteoroides monolíticos atraviesan una secuencia invariable de siete fases antes de impactar el suelo.

La fase 1 comienza a gran altitud, a unos 100 kilómetros de la superficie. En este punto, el aire es lo suficientemente denso como para generar una violenta onda de choque frente a la roca. La inmensa presión eleva la temperatura por encima de los 1000 grados Celsius, provocando que los átomos de elementos volátiles, como el sodio y el potasio, se exciten y emitan luz. Es el nacimiento de lo que popularmente llamamos «bola de fuego».

Un meteoro brillante atraviesa el cielo nocturno sobre un paisaje montañoso iluminado por las luces de la ciudad.

A medida que el objeto penetra en capas de aire más denso, entra en la fase 2. El brillo aumenta de forma proporcional a la densidad atmosférica y los registros ópticos muestran rápidos parpadeos. Estos pulsos rítmicos de luz delatan la rotación vertiginosa del meteoroide; las rocas más rápidas llegan a dar una vuelta completa entre cada 0.5 y 5 segundos.

Entre los 60 y 80 kilómetros de altura, el objeto alcanza la fase 3 y se transforma en un bólido brillante. Aquí, la pérdida de masa no ocurre por evaporación directa, sino por una fundición agresiva. La corteza del meteoro alcanza temperaturas de entre 4 000 y 4 200 grados Celsius. La presión aerodinámica actúa como un cincel arrancando gotas de metal y silicatos líquidos de la superficie, dejando tras de sí una espesa estela de material fundido y humo.

Un asteroide impactando la Tierra, con destellos de luz y un paisaje visible de la superficie terrestre.

Alrededor de los 60 kilómetros de altura, inicia la fase 4. La roca entra en un estado de equilibrio termodinámico mientras el aire frente a ella alcanza temperaturas de plasma superiores a los 9 700 grados Celsius. Las inestabilidades hidrodinámicas del material líquido generan oscilaciones en el brillo. En esta etapa, la roca puede perder hasta el 40 por ciento de su masa original únicamente por derretimiento.

La fase 5 marca el inicio de la destrucción. A mayor profundidad, el calor extremo empuja el material líquido hacia atrás mientras la monstruosa presión mecánica busca microfisuras o debilidades internas. Sorprendentemente, las rocas comienzan a romperse cuando la presión frontal es de apenas una quinta parte de la resistencia estructural medida en meteoritos hallados en la Tierra. Los investigadores sugieren que las grietas originadas por colisiones previas en el espacio profundo explican esta fragmentación prematura.

Un asteroide en llamas atravesando la atmósfera hacia la Tierra, con fondo de nubes y un horizonte planetario.

Con la cara frontal fracturada, el flujo aerodinámico colapsa y da paso a la fase 6. El núcleo del meteoroide queda expuesto, desacelerándose drásticamente y emitiendo un destello final. Debido a la pérdida de velocidad, estas «bengalas» terminales suelen teñirse de rojo por la presencia de polvo y sodio atómico. La violenta disrupción lanza fragmentos a altas velocidades relativas. Si la parte trasera de la roca principal se mantiene intacta, genera un vacío que succiona a las piezas más pequeñas, las cuales caen formando una franja estrecha sobre el terreno.

Finalmente, en la fase 7, la velocidad se desploma por debajo de los 3 kilómetros por segundo. El calor extremo cesa, los fragmentos dejan de brillar y las superficies se enfrían muy rápido. Este enfriamiento sella el material con una delgada costra negra conocida como corteza de ablación. En sus últimos kilómetros de caída libre, ya sin luz propia, los vientos atmosféricos pueden desviar estos restos oscurecidos hasta su impacto final.

Como les decía, comprender estos procesos no sólo nos permiten entender mejor la formación de los meteoritos, sino además son una herramienta vital para la defensa planetaria. Los astrónomos concluyen que asteroides de mayor tamaño, como el de 20 metros de diámetro que estalló sobre Chelyabinsk en 2013, experimentan idénticas fases de destrucción, aunque para asteroides más grandes, de 50 metros o más, los procesos pueden ser diferentes y es necesario seguir investigándolos.

A pesar de eso, el trabajo de Jenniskens y colaboradores es un paso más en la preparación ante futuras amenazas que lleguen a nuestro planeta.


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